Cuento: Lo que fue
Por Maria del Rosario Rosas Sanchez
Desde FUTURAS LATAM acompañamos a escritoras a través de sesiones de retroalimentación, con ejercicios y estructura para que puedan llevar a cabo sus escritos hasta terminarlos. El siguiente cuento es fruto de este proceso.

Lo que fue
Por María del Rosario Rosas Sánchez
Clyo estaba preocupada esa tarde de otoño: le notificaron que fue suspendida de manera indeterminada dentro de la constructora. Este asunto ya lo preveía cuando perdió, de manera temporal, su estuche, aquel al que perteneció la primera escuadra que tuvo. El estuche regresó, pero no el contenido: bocetos de diseño de reconstrucción que ella, en los breves espacios de tiempo libre, esbozaba edificios que ahora eran despojos de una sociedad inexistente; quería preservar la memoria de lo que fue. Por eso era una amenaza: pensaba diferente.
Nada la retenía en la ciudad. Recién había firmado su divorcio y decidió regresar al barrio donde creció. No volvía ahí desde que entró a la constructora hacía 5 años. Le pareció desconocido: ya no tenía esa algarabía, ni la candidez de la gente; ahora era una extensión más de la ciudad, con nuevos edificios y las personas que pasaban como autómatas, indiferentes a los demás.
Por primera vez, mientras recorría las calles hasta llegar al centro del pueblo, sintió que no pertenecía a nada. Solo la iglesia se mantenía en pie, a pesar de que otras construcciones se fueron perdiendo; era más pequeña de lo que recordaba, cada vez se parecía más a una ruina.
Fue cuando recordó que entre sus cosas valiosas siempre cargaba la herencia de su abuela: aquel almanaque antiquísimo, donde la abuela transcribió los momentos de su vida, inmortalizándolos en papel para evitar se perdieran. Clyo comenzó a pasar las páginas y a leer en voz alta frente al portón de la antigua parroquia, nadie se inmutó con su presencia, como si a los transeúntes no les interesara escuchar historias del pasado.
Cansada de leer sin recibir respuesta, se detuvo unos minutos después y continuó su caminar. Cuando estaba por llegar al límite de la periferia —lugar donde se veían obligados a habitar quienes no podían pagar la vida en los nuevos condominios— llegó a sus manos un misterioso mensaje que decía:
Clyo:
No estás sola. Si tú también estás harta de esta situación, ven a la medianoche al centro de la periferia.
Le intrigó aquel mensaje. Sabía que tenía que ser precavida, no se podía confiar en invitaciones anónimas. Al final, ganó más la curiosidad que la prudencia, e hizo caso a la misiva.
Al caminar por las calles del barrio, Clyo notó una extraña quietud que le produjo escalofríos, sin hacer frío. La razón podía deberse a que sentía que alguien la seguía: varias veces volteó y no vio a nadie, estando casi fuera del centro de la ciudad donde no había alumbrado público, era difícil distinguir la presencia de los demás.
La mirada de Clyo se acostumbró a la oscuridad. Intentó caminar rápido; la sensación persecutoria aceleraba su paso al acercarse al destino. La oscuridad nublaba su vista, tuvo un mal presentimiento e intentó regresar, pero la falta de visión le impidió retroceder. Fue entonces cuando vio una serie de sombras que la rodeaban. Con la voz entrecortada preguntó:
—¿Qui..quienes.. son..ustedes?, ¿Qué quieren de mí?
No escuchó respuesta. Aquellas sombras la elevaron y ya no podía tocar el suelo. No supo cuánto tiempo pasó, fue un momento desagradable verse llevada por aquellas sombras. Hubiera querido dejarse caer; sintió miedo, pues no sabía desde qué altura la llevaban, si fuera muy alto podría lastimarse. Su instinto protector le impidió dar paso en falso.
Poco a poco, la oscuridad se desvaneció. Con ello Clyo reconoció el lugar donde fue llevada y a sus captores: la antigua biblioteca del vecindario, en su momento un edificio majestuoso; ahora, una ruina. Se hallaban en el sótano, donde estaban resguardados los libreros que antes estaban en la parte superior del edificio, donde sólo quedaban vestigios de una arquitectura consumida por el tiempo y la negligencia de las personas, no había ese olor aséptico que inundaba la ciudad. Este era el olor que transportaba a la nostalgia de las páginas antiquísimas. Quienes la llevaron ahí eran varios vecinos inconformes que ahora recopilan, transcriben y resguardaban, en una antología, las costumbres, tradiciones y testimonios de lo que fue el barrio, con el objetivo que sirviera como referencia cuando ellos ya no estuvieran, para que las nuevas generaciones supieran de su existencia.
A Clyo le agradó ser considerada en esta sociedad secreta. Sentía que pertenecía a un lugar, le agradaba sentirse útil. Se le llenaron los ojos de lágrimas, que supo contener por los sentimientos encontrados; no sentía seguridad para hablarles del almanaque de su abuela y pedirles que lo agregaran a su antología. Esperó un poco más de tiempo para probar su lealtad.
Pasaron dos días en que se adaptó a esta monotonía como escribana de la antología y se sintió desencantada de la sociedad: notó que daban por hecho que el barrio se perdería. Esta antología sería semejante a una cápsula del tiempo.
A Clyo le pareció un pensamiento muy extremista: ella creía que la única forma de evitar que se perdiera su historia era hablar como la voz del presente. De nada serviría acumular información para que las nuevas generaciones lo vieran en el futuro; al final, la información acumulada no decía nada, solo el presente permitía que estos datos se transformaran en conocimiento.
Se dio cuenta de que nadie en esa sociedad merecía tener el almanaque donde su abuela escribió toda su vida, su conocimiento y testimonios de vida. Decidió tomar su propio rumbo y ella misma hizo el intento de compartir la voz de los que ya no están, empezando un club de lectura. En su época universitaria llegó a formar parte de uno; desde que entró a trabajar en la constructora suspendió indefinidamente esa afición que tenía. Esta era su oportunidad de retomarlo con sus vecinos. Aunque había escasez de libros, los interesados podrían hablar de los que hallaran, o de historias de antaño; ella ocuparía el almanaque de su abuela.
Decidió salir de aquella sociedad. Cuando se estaba yendo, la detuvo el líder:
—¿Qué buscas con tu regreso? ¿Acaso prefieres volver a esa mediocridad que tanto desdeñas?
—No espero regresar a la misma monotonía de la que estoy cansada. Decidí ayudar a mi modo— repuso Clyo.
—Y ¿cómo piensas hacerlo? Si se puede saber.
Clyo no le respondió, salió de aquel edificio en ruinas con un peso menos, mientras a su espalda se quedaron cuchicheando sobre lo extraña que era.
Al llegar al edificio habitacional donde vivía, uno de los vecinos más jóvenes, nieto de sus antiguos vecinos, ya la esperaba. Clyo lo reconoció como a uno de los jóvenes que pasaron de largo cuando ella recitó algunos de los pensamientos del almanaque de su abuela.
—No estoy dispuesta a aceptar tus burlas.
—No me malinterpretes, me interesó conocer más de las historias que leíste hace unos días; si pasé de largo es porque no quise ser la burla por detenerme en el pasado—dijo con un aire convincente.
A pesar de la franqueza, Clyo no estaba del todo convencida, sin embargo lo vio como un aliado y entendió que era el único que podría ayudarla a empezar su club literario. El chico aceptó ayudarla y empezó a repartir volantes con los vecinos de los alrededores.
En la primera reunión solo estuvieron ellos dos y un par de vecinos más. Había inhibición al principio, silencios largos. Pero Clyo abrió el almanaque y empezó a leer, como lo había hecho frente al portón de la parroquia. Esta vez, nadie se fue.
Sobre la autora:
María del Rosario Rosas Sánchez: originaria del Estado de México. De profesión informática. Empezó a escribir como terapia en su adolescencia. Actualmente tiene publicadas con Ophelia casa editorial, tres novelas; su narrativa se caracteriza por el desarrollo y crecimiento introspectivo.
Corrección y Edición: Ana Sthal y Gisse Peralta Nondedeu
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